junio, 2017

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Vacía Autoridad

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Éste texto que aquí copio, va a ser el primero de unos cuantos que he recibido. Texto de un adolescente que ha pasado por uno de los Talleres de Inteligencia Emocional que imparto en los Centros de Enseñanza, uno de tantos adolescentes que “no tienen talento alguno”, “que no siguen las normas ni conductas”, “que no se puede hacer nada con ellos”, “que sólo piensan en ellos”, juzguen ustedes mismos si hay talento, emoción, inteligencia y dedicación. No he tocado absolutamente nada. Desde aquí le envío un fuerte abrazo y sabe que l@ quiero, GRACIAS.

 

Era un día como otro cualquiera en su clase. Los mismos compañeros de siempre, los mismos profesores, la misma desilusión y las mismas preguntas sin respuesta. La jefa de estudios entró en el aula y, tras saludar fugazmente al profesor, comenzó a contar a la clase las “noticias” que les atañían: un “estúpido” concurso al que nadie se iba a presentar, una “patética” excursión a la que nadie tenía ganas de ir y la bronca de rigor de todos los meses: las quejas del profesor de Emprendedora, las quejas del profesor de Servicio, las quejas del tutor, etc. Claro, como se dejaba ver por allí muy de vez en cuando, se le acumulaba el trabajo.

En clase ya ni la miraban. Los ojos de los alumnos esquivaban el semblante condescendiente y el mensaje “insultante” de la jefa de estudios, que los reprendía con vacía autoridad. Las miradas se cruzaban o bien se escapaban por la ventana buscando algún lugar donde querer estar. Ninguna lo encontraba. Todas las pupilas acababan clavadas en la mesa, caídas, desiertas.

Todas salvo una. Esta vez la mirada de Judith no siguió ninguno de esos caminos, y es que su mente se mantenía ocupada y ajena a todo aquello. Estaba escuchando música por un auricular. Una historia cantada en una canción de Los Suaves, Ourense-Bosnia, la tenía atrapada como si de un cuento se tratase:

 

Su nombre era Isaac, sus cabellos largos y su vida aún muy corta. Veinte años sólo veinte. Lo arrancaron de su casa y el mal sueño, sin saber cómo, empezó. Toques de trompetas, banderas, redobles de tambores. Le afeitaron la cabeza, le dieron bombas y un fusil: “Vas en misión de paz”.

En la tumba de su boca su lengua yace muerta. Le quitaron su vida, le “dieron” un trozo de latón y una calle con su nombre.

 

Judith reconoció en Isaac aquella sensación de estar lejos de casa jugando a la ruleta rusa con sus días, sin querer ni saber por qué. Una sensación que, con el paso de los años, había pasado a ser parte de ella misma. Su mundo se le había hecho una noche desde que su padre murió. Además, inexplicablemente la familia de su madre no quería saber nada de ella. Judith aún buscaba culpables cada noche, pero no encontraba ni un hombro donde llorar.

Se quitó finalmente su auricular, no era momento para darle más vueltas a aquello. Prestó atención a la jefa de estudios. Su discurso había cambiado ya de tono -aunque no de actitud- y ahora le estaba hablando a la clase sobre un taller de Inteligencia Emocional. El nombre llamó la atención de Judith y despertó su curiosidad mientras Isaac aún daba tumbos por su cabeza. No le gustó lo que escuchó sobre el taller, tampoco le disgustó: le interesó, que era más difícil que todo lo demás.

Pero enseguida una jarra fría de pseudorealismo la empapó: “¿De qué me va a servir a mí esto?”, “Menuda gilipollez, que un tío que no me conoce de nada me diga qué tengo que hacer con mi vida.”, “¿Las respuestas que no he encontrado en seis años me las van a dar él en seis semanas?”. Judith dejó su mirada olvidada en la pizarra mientras se ponía a recoger algunos recuerdos que se habían desparramado por su cabeza con el estruendo de esas frases.

Pasaron dos minutos, tres, cinco.

Tomó la decisión de ir a ese taller. Por los recuerdos en los que se sintió bien un día, porque no fuese por no intentarlo, por no dejar ni una opción sin probar, por los que ni siquiera tienen opciones.

Parpadeó y sus ojos volvieron a cobrar vida. Agarró su BIC y escribió en su mano un nombre. No era el de su padre ni mucho menos el de su madre, tampoco era el suyo. El nombre era “Isaac”.

Aplícate al Rock (&)

LAS RAZONES POR LAS QUE ESTAMOS EQUIVOCADOS, (PROFESORES Y PADRES), CON LOS ADOLESCENTES Y EL PORQUÉ HAY QUE COMPRENDERLOS, PARTE I:

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Hay muchos factores que desconocemos para entender a los adolescentes, pero voy a empezar por el más efectivo para cambiar nuestra percepción con ellos y el más obvio.

CAMBIOS FISIOLÓGICOS Y BIOLÓGICOS:

Pensamos que nuestros hijos o alumnos con quince, dieciséis o más años después de una vida viéndonos a nosotros, y repitiéndoles lo que deben de hacer, como deben de comportarse, reaccionar o incluso pensar, es tiempo necesario para que lo hayan aprendido, y si no lo hacen es porque simplemente no quieren.

Nada más lejos de la realidad, es fácil y sencillo, NO PUEDEN.

Si tuviéramos eso claro, y fuéramos poco a poco con ellos, respetando su ritmo de crecimiento tanto intelectual como emocional, nos evitaríamos muchas frustraciones, peleas, ansiedades y sobre todo y paradójico, ellos madurarían con más celeridad.

En la adolescencia hay un proceso de maduración cerebral, que empieza en el feto y continua hasta aproximadamente los 20 años. Es un proceso ordenado por el que las distintas áreas van alcanzando la madurez, siempre empieza por las áreas posteriores del cerebro y avanza hacia las anteriores.

En la etapa de la adolescencia el crecimiento físico y la maduración corporal son más evidentes y rápidos. Los órganos sexuales internos y externos se desarrollan hasta alcanzar la capacidad reproductiva propia. La conducta, las emociones, las relaciones sociales, la forma de pensar, también van a sufrir un cambio espectacular.

El cerebro adolescente sufre una reorganización. Mientras unas áreas aumentan de tamaño, otras se reducen. Lo que caracteriza a un adulto, es el pensamiento analítico, y por ello en la adolescencia estos circuitos se preparan.

En edades anteriores los circuitos estaban creados para cubrir las funciones más necesarias, interpretar las percepciones que tenemos por los sentidos, funciones psicomotrices, comunicación y lenguaje.

En la adolescencia se crean, modifican y consolidan los circuitos neuronales dependiendo de las características de las nuevas habilidades más complejas.

He aquí un punto importante, los adolescentes son adolescentes, no adultos, es decir, empiezan a crear una estructural neuronal-emocional para llegar a ser adultos, por consiguiente no podemos pedirles que sus decisiones, comportamientos y pensamientos sean de adultos y su “timing evolutivo” será proporcional a su desarrollo fisiológico y biológico, y creo que todos los adultos tenemos claro que evoluciones naturales de este calibre tienen su tiempo…

En esta fase la metodología de aprendizaje, es simple, universal y conocida por todos nosotros, incluso en la edad madura, ensayo y error.

Los circuitos neuronales los forman las dendritas y axones en forma de unión de comunicación (Sinapsis), cuanto más maduras y rápidas, más consolidadas estarán estos pensamientos-comportamientos. A partir de ahí se formaran unas estructuras más complejas que precisan de áreas cerebrales más extensas, más alejadas, que por ende deberán de conectarse entre sí. Estos complejos circuitos están en la corteza prefrontal y es la última parte que madura según el proceso natural.

Según, las conexiones neuronales, se realizan pensamientos y comportamientos o cuanto menos posibilidades de elementos de juicio, para tener en cuenta a la hora de actuar. Éstas se consolidan como he mencionado antes, en un proceso de ensayo y error, si acompañamos al adolescente en sus errores y le animamos a que siga su proceso, las conexiones se afianzaran al ser más utilizadas, acelerando de manera natural la deseada maduración del adolescente.

Por el contrario las habilidades que practiquen poco no afianzará su sinapsis correspondiente, incluso podría  “deshacerse”, con la correspondiente privacidad de habilidad de pensamiento y comportamiento.

Es por ello que todos los responsables de alguna manera de los adolescentes: padres, familia, profesores, etc…, debemos de ser muy consciente de esto, animándoles a tomar decisiones, entendiendo que la adolescencia es una etapa crucial para su maduración y que por todo lo que pasen ahora van a estar más preparados en su vida adulta, y que mejor que con nosotros los adultos para tratarles con confianza, compresión, paciencia y en definitiva AMOR para que esta etapa le sea beneficiosa en su desarrollo.

Cada vez que a su hijo, alumno le vaya a exigir un pensamiento-comportamiento de cierto grado de dificultad para su edad, piense…… a lo mejor fisiológicamente, biológicamente TODAVÍA no está preparado. Si esa experiencia la hace agradable o llevadera para él, le ayudará a afianzar su complejo sistema neuronal. Si por el contario convierte la experiencia en algo desagradable, le estará alejando de poder tener una estructura potente para su vida adulta.

Imaginemos a Juan un adolescente que quiere hacer bien las cosas pero continuamente se “equivoca” en sus elecciones y le reprenden por su falta de logros con lo esperado por los adultos.

“Juan te lo tengo dicho, así no lo vas a conseguir”, “cuantas veces te lo tengo que decir, así no vamos a ningún sitio”, “Juan has vuelto a suspender, no vas a llegar nada”. Juan lo intenta, todos los adolescentes en un momento dado lo han intentado y por supuesto quieren hacerlo, les encantaría que sus padres y profesores estuvieran contentos con él. ¿Entonces qué pasa?

Con estas actitudes hacia ellos, les hacemos las experiencias de aprendizajes desagradables, frustrantes y como es lógico tienden a evitar estas vivencias. Cada  vez que esto sucede les alejamos de elegir el aprendizaje de nuevos caminos, llevándoles inconscientemente hacia el camino más fácil de salida, la desobediencia, pasotismo e indisciplina.

¿Dónde consiguen ellos el reconocimiento personal trascendental para cualquier SER humano y más para la etapa adolescente donde se está formando la identidad?, con preguntas como: ¿Quién soy yo?, ¿Cómo soy? O ¿Qué quiero ser?

Con todos estos datos, es fácil imaginar que prefieren recurrir a sus círculos de amistades para obtener cierto reconocimiento sin dar valía a que parcelas corresponden o si esos reconocimientos son perjudiciales a medio-largo plazo. Y no tratemos de explicarles esto mismo, porque caemos otra vez en la equivocación de atribuirles habilidades que fisiológicamente y biológicamente no están preparados.

P.D.: Los padres y profesores hacemos las cosas lo mejor que sabemos, mi intención es dar un poco de luz con información y experiencia. Tengo la seguridad que cada uno de ustedes reflexionara sobre el asunto, si han llegado hasta aquí leyendo es que tienen verdadero interés. Con más elementos de juicio, mayores probabilidades para encontrar nuevos caminos.

 

Manuel Alejandro

Coach Familiar.

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