Consejos para padres/madres.

Entradas por categoría

 

¿Ya es demasiado tarde para nuestro hijo/a?

La vida de padre o de madre no es nada fácil, y cualquiera de los que lo somos lo podemos corroborar. Somos, entre otras cosas, muy sufridos: Cuando tenemos problemas con nuestros hijos siempre vamos aguantando. La cuestión -o cuestiones- son ¿Hasta dónde?, y lo más importante, ¿Hasta cuándo?

Este camino escabroso, sinuoso y confuso, aunque a veces parezca un cúmulo de acontecimientos desafortunados e inconexos, consta en verdad de una serie de etapas que es muy recomendable conocer y saber identificar. Veamos pues las fases de este periplo:

  1. La no aceptación de lo que está sucediendo: Todos hemos escuchado aquello de que “Lo primero para solucionar un problema es aceptarlo.”. La primera fase es precisamente esa, la de no querer ver lo que está sucediendo.
    .
  2. Reacción: Según la forma de ser del progenitor, puede ser hacia adentro o hacia afuera.
    .

    1. Implosión: Esto es, nos echamos la culpa de forma interna, en nuestro dialogo interior. Nos maltratamos, nos gritamos o nos vejamos a nosotros mismos. Otra forma de implosión es la de del desistimiento e inacción. El progenitor tira la toalla al verse desbordado por los acontecimientos, con las enormes consecuencias emocionales que ello conlleva. “Esto es imposible, no soy un buen padre o madre, siempre lo hago mal”. “Lo veía venir y no he hecho nada, desde hace mucho se lo llevo diciendo a mi mujer o mi marido”, “No tengo tiempo para solucionarlo”, “No puedo con ello”, “Ya se solucionará”, …
    2. Explosión: Es decir, proyectamos nuestro disgusto hacia el exterior. Buscamos culpables, gritamos, chantajeamos emocionalmente, ordenamos, castigamos o pegamos. “Ya te lo dije, ¿ahora qué?, no vas a salir mañana, te quedas sin…,” “¡Eres xxxxx!, Si no haces esto te doy… ¡Mira lo que le haces a tu madre o padre!”, Si ya lo decía yo”, “¡Contigo es imposible!”, “¿Te parece bonito?”, …
      .
  1. Pasa factura a la pareja: De repente, la vida familiar gira en torno al problema. No existe otra cosa: Los acontecimientos malos acrecientan el mal ambiente y los hechos buenos se ven anulados por la preocupación. Las discusiones se vuelven más que frecuentes. Continuamente echamos en cara lo que hace nuestra pareja y llegamos incluso a perder las formas. Se suceden los gritos, desplantes y faltas de respeto, haciendo que el ambiente familiar se deteriore sensiblemente.
    .
  1. La relación con el hijo/a empeora: Dependiendo de la edad y la fase concreta en la que se encuentre nuestro hijo/a, el deterioro puede ser mayor o menor, siendo en la adolescencia cuando el problema se acentúa. No hay comunicación o si la hay es prácticamente nula, exceptuando cuando el chico/a pide algo, cosa que agrava aún más nuestros pensamientos negativos: “Para eso sí habla…, ¡Qué egoísta!, ya sabía yo que quería algo, Es un xxxxx, …”. Los momentos de cumplir las normas se convierten en auténticas luchas de poder. La relación y los lazos afectivos están contra las cuerdas.
    .
  1. La familia se resiente: Llegados a esta etapa, tanto la situación actual como el desgaste sufrido en las anteriores pasa factura. Ninguno de los componentes del núcleo familiar encuentra en su casa y en su familia un lugar de confort junto a sus seres queridos, lo que empeora doblemente la situación.
    .
  2. Guerra de poder constante: El hogar se convierte en un campo de batalla por momentos. Cualquier contacto entre los miembros de la familia se vuelve tenso y la comunicación como tal es prácticamente inexistente o incluso tóxica.

 

La situación en el hogar se vuelve insoportable, afectando a la vida personal de sus miembros tanto dentro como fuera del núcleo familiar.

La sexta fase es insostenible y normalmente repercute en la vida personal de cada uno de los miembros del hogar, tanto dentro como fuera de él.

 

Fase a fase, nosotros


Y a todo esto, mientras han ido pasando las etapas, ¿qué ha ido pasando por nuestra mente? Por nuestra mente han pasado muchas cuestiones y pocas respuestas: Un valiente “¿Pedimos ayuda?” que enseguida se desecha por el qué dirán “¡Qué vergüenza!” Incluso si nos decidimos a atajar la situación y pedimos ayuda, tampoco tenemos nada claro¿Y a quién se la pedimos?”.

En la primera fase es normal no pedir ayuda o consejo, sino estaríamos todo el día buscando ayuda cuando no nos gusta algo de lo que vemos, escuchamos o sentimos. No consideramos lo que está pasando como un verdadero problema, así que ni nos planteamos pedirle ayuda a terceras personas.

En la segunda fase entran en escena nuestra personalidad y nuestras vivencias personales. Lo que pasa en este momento tiene que ver con nosotros y con nuestra educación: lo que hemos vivido cuando éramos hijos, nuestra manera de concebir la paternidad y nuestras convicciones y creencias personales.

Dependiendo de la gravedad del problema ya hay días en los que lo vemos todo negro y el pesimismo inunda nuestra mente. Por las noches, cuando acaba el día, no paramos de reflexionar y nos cuesta dormir. Aquí empieza a ser decisiva la tolerancia que tenemos al sufrimiento y cómo entendemos la paternidad. Pese a todo, seguramente aguantaremos y continuaremos acarreando -y acrecentandoel problema.

En cada familia se darán episodios particulares dependiendo del tipo de relación que tengamos los progenitores

Las fases tercera, cuarta y quinta irán progresando simultáneamente con sus matices. En cada familia se darán episodios particulares dependiendo del tipo de relación que tengamos los progenitores: una parte culpa a la otra, hay agentes externos (tíos, abuelos, …) implicados, etc. Aquí estamos a punto de tirar la toalla por la pura desesperación de no saber qué hacer, pero aún aguantamos, y es que: ¿Qué otra cosa podemos hacer?, al fin y al cabo, no podemos desaparecer, somos padres y lo elegimos nosotros, es nuestra responsabilidad.

En la sexta y última etapa es cuando nuestra tolerancia se ve desbordada. La situación es insostenible y buscamos ayuda. Buscamos esa ayuda una vez hemos pedido consejo a familia, amigos y compañeros de trabajo, después de haber rebuscado por Internet y ahora que ya ha cundido la desesperación en la pareja (o en uno de sus integrantes, que suele ser lo más común).

 

“¿Es demasiado tarde?”


Nuestras estadísticas nos dicen que desde que pensamos pedir ayuda hasta que efectivamente la pedimos pasa una media de 2,8 años. ¿Es entonces ya demasiado tarde? ¿Hemos perdido en esos casi 3 años la oportunidad de reconducir la situación y ser una familia plena y feliz, o al menos mínimamente en paz?

Lo cierto es que siempre pensamos que es tarde, aunque no es así. Hay padres que acuden a nosotros en la tercera etapa, -uno de los momentos más tempranos como hemos visto- y ya piensan que es tarde. Pero, a decir verdad, lo más frecuente es encontrarnos con padres que buscan ayuda en la sexta, y la pregunta que se plantean es mucho más cruda: “¿Aún hay alguna solución?”.

La realidad nos muestra que siempre que vayamos a pedir ayuda pensaremos que ya es tarde

La realidad nos muestra que siempre que vayamos a pedir ayuda pensaremos que ya es tarde, y es que ese pensamiento no tiene nada que ver con la etapa en la que estemos, ni con la pareja que tengamos, ni con si estamos de acuerdo o no, ni con nuestro poder adquisitivo: Tiene que ver con nuestra tolerancia al sufrimiento y con nuestro nivel de exigencia como padres.

A mejor gestión del  sufrimiento y mayor exigencia como padres, antes buscamos soluciones y antes las encontramos. A peor gestión del sufrimiento y menor exigencia como padres más tarde buscamos ayuda, pudiendo incluso llegar a no pedirla.

De hecho, podemos establecer incluso la relación entre estos dos factores: A mejor gestión del  sufrimiento y mayor exigencia como padres, antes buscamos soluciones y antes las encontramos. A peor gestión del sufrimiento y menor exigencia como padres más tarde buscamos ayuda, pudiendo incluso llegar a no pedirla.

no existen los padres perfectos; todos hacemos lo que podemos y sabemos

Personalmente y como padre, creo firmemente que no existen los padres perfectos; todos hacemos lo que podemos y sabemos. Lo que es indiscutible es, que en este proceso de aprendizaje causa-error con nuestros hijos, los padres más efectivos son los que se preocupan de una manera más activa por solventar los problemas, ya que preocuparse -por definición- nos preocupamos todos.

 

Nunca es tarde


Con las fases definidas, los casos estudiados, las estadísticas presentes y total rotundidad, la afirmación es tajante: Nunca es tarde para recuperar la vida plena y feliz en familia. Las soluciones son más o menos complejas, más o menos extensas en el tiempo y requerirán de más o menos paciencia y esfuerzo dependiendo de la fase en la que se encuentre cada caso.

La solución pasa por nosotros, por los padres

Lo que como padres es muy importante entender es que la solución no depende tanto del problema en sí o de su hijo/a: La solución pasa por nosotros, por los padres, y por nuestra convicción de hacer todo lo que esté en nuestra mano por conseguir la solución. Por tanto, la buena noticia en todo esto es que la solución, al pasar por nosotros -los padres-, depende de nosotros y si nos aplicamos todo resultará viable. Somos nosotros los que tenemos las respuestas a ¿Hasta dónde? y a ¿Hasta cuándo? vamos a continuar soportando una situación que, lejos de mejorar, va cada vez a peor. La solución definitivamente está en nuestras manos. Con un poco de perspectiva nuestra percepción del problema cambiará por completo. Pasamos de considerar algo como imposible y fuera de nuestro rango de acción por considerarnos a nosotros mismos como la solución. ¿Por quién iba a pasar la solución si no? ¿Por ellos? ¿Por el niño o el adolescente? ¿Pondría a caso la solución de un problema de este calibre familiar en manos de un chico o de un adolescente?

Si por el contrario nos empecinamos en que el problema es nuestro hijo, y en que es él quien tiene que cambiar, nos esperan muchos más cabezazos contra el muro

Si por el contrario nos empecinamos en que el problema es nuestro hijo, y en que es él quien tiene que cambiar, nos esperan muchos más cabezazos contra el muro: Más situaciones tensas e insostenibles, más y mayores faltas de respeto y mayores probabilidades de fracaso emocional en la vida de nuestros hijos. ¡Buena suerte descubriendo el límite de nuestro nivel de tolerancia! Quién sabe, quizá todavía puedas aguantar un poco más.

El cambio es posible y está en nuestras manos.

El cambio es posible y está en nuestras manos.

^

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR