Consejos para padres/madres.

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¿Qué hacer con adolescentes en cuarentena?

Ahora que llevamos varias semanas en casa con nuestros adolescentes en cuarentena, si echamos la vista atrás reconoceremos una serie de breves etapas por las que hemos ido transitando con ellos.

La primera etapa seguramente haya sido un tanto delicada para todos en el hogar. Son días raros e intensos en los que intentamos hacerles ver lo que estamos pasando, así como también a veces el porqué de las normas impuestas. La lógica y las buenas explicaciones son dos armas muy útiles para tratar de que lo acepten, para tratar de que acepten la realidad. Ellos y ellas por su parte, inmersos en una situación cuya descripción más breve parece sacada de alguna suerte de reality show -Adolescentes en Cuarentena-, han visto todos sus planes tan paralizados como nosotros hemos visto los nuestros. En muchos casos la casa se les habrá caído encima, y las protestas y las quejas son el pan de cada día.

Una vez hayan transcurrido estos días, esa primera fase de enfado tan airado dará paso a una nueva fase más bien dominada por la frustración. Es muy probable que ahora nuestros adolescentes en cuarentena pasen la mayor parte del tiempo en sus habitaciones sin apenas relacionarse con nosotros. Como si estuvieran hospedados en ese hotel al que tantas veces hacemos referencia: los veremos a las horas de las comidas y poco más. Casi hay que dar gracias si se sientan un rato a ver la TV con nosotros, sus padres y sus madres.

En este punto, si momentos como estos se han dado, tenemos una ventana para convivir con nuestros adolescentes en cuarentena de mejor manera. Lo primero, eso sí, es que tenemos que tener claro que el concepto que tenemos nosotros de pasar tiempo con ellos, de convivir, no es el mismo que tienen ellos. Seamos francos; no podemos esperar que unos hijos adolescentes –salvando la etapa de la adolescencia la que estén y nuestra relación particular con ellos– pasen tiempo con nosotros por el Artículo 33. Para ellos pasar tiempo con sus padres y convivir es:

  • “He comido con mis padres.”
  • “He visto la televisión con mis padres.”
  • “Me han estado diciendo lo que tenía que hacer y cómo lo tenía que hacer y he pasado de contestarles lo que pensaba, porque…”

Es decir, en su realidad ellos están haciendo un pequeño esfuerzo al despachar estas situaciones que nosotros tenemos por cotidianas y corrientes. Si queremos conectar con ellos y queremos aprovechar estos momentos inéditos debemos valorar esos esfuerzos y, además, hacérselo ver. En el momento en que ellos vean que de alguna manera son comprendidos, se relajarán y podremos entrar en su vida, comunicarnos y convivir con empatía y amor.

 

¿Qué hacer con adolescentes en cuarentena?

 

¿Qué se puede hacer? -Paso 1-

Siempre que nuestros adolescentes en cuarentena estén receptivos debemos aprovechar para hablar. Da igual de qué, de cualquier cosa, lo que sea, eso es lo de menos. Lo que importa es tener claro que la meta en la conversación es hablar, es ejercitar el hábito de la comunicación y es el mero acto comunicativo. De nada va a servir el tratar tontamente de tener la razón o el tratar de aprovechar justo ese momento para soltare todo lo que tenemos guardado: Que si tienes que hacer esto así, que si tenías que haber hecho esto otro asá, que si es por tu bien, … etc. Con esto lo único que conseguiremos será qué vuelva a levantar la defensa y volvemos al punto inicial.

Tenemos que ver estos momentos -por hacer un símil- como un intento de enamorar a un novio o una novia. Debemos ser empáticos, hablar con cariño, tener paciencia, usar un lenguaje no verbal apropiado -importantísimo- y mantener la relación cuidada. ¿Se imaginan ustedes que quieren enamorar a su pareja potencial y a la primera ocasión que abre su corazón, sus ideas y emociones, le decimos cómo tiene que pensar, cómo tiene que hacer las cosas o cuándo? ¿Creen ustedes que habrá una segunda cita, teniendo además en cuenta las formas con las que se lo decimos?

Sin este ejercicio de acercamiento, lo demás es difícil que suceda, y si sucede serán momentos sueltos; se tratará de coincidencias de momentos buenos suyos y nuestros, pero no será algo sostenible en una convivencia, que es lo que buscamos. ¿Y una vez que hayamos hecho esto, qué?

 

Vale, ¿y ahora? -Paso 2-

Una vez hemos conseguido flanquear esa primera barrera y hemos logrado construir cierto hábito comunicativo, podemos probar más actividades con nuestros adolescentes en cuarentena. Ver películas con ellos puede ser una. Elegirlas juntos o bien ir rotando en orden para escogerlas nos ayudará a conocernos también a través de nuestros gustos. Podemos jugar a las cartas, cocinar con ellos, jugar a los videojuegos aunque no los entendamos y nos metan una paliza… eso es lo de menos. Si usted no hace un intento de entrar en su mundo es difícil que haya conexión; eso es lo de más.

Y sobre todo, por muchos noes que reciban, por muchas veces que se nieguen o por muchas veces que no respondan, nunca dejen de hacerlo. Ellos recordaran las veces que lo han intentado, ellos recordaran -cuando la adolescencia de paso a otra etapa- que han estado ahí, y eso es importantísimo. Asuman que de cada diez veces que se les proponga algo, ocho o nueve van a decir que no. Pero no es algo personal contra ustedes, forma parte de esta etapa. No se desanimen, no tiren la toalla. No piensen que les rechazan y se aparten. No piensen que no quieren saber nada de ustedes, es la adolescencia y es bueno que ocurra para pasar a las siguientes etapas. Nada de lo que hacen hoy, aunque crean que es inútil, cae en saco roto.

Tú y tus hijos en cuarentena, ahora o nunca

hijos en cuarentena

De todas las circunstancias de la vida se puede aprender algo. De las buenas y, por supuesto, de las malas. De las cotidianas y, como es el caso, de las extraordinarias. La situación que vivimos está siendo inaudita tanto para nuestra generación como para -obviamente- la de nuestros vástagos. De cómo la gestionemos y de cómo nos comportemos con nuestros hijos en cuarentena dependerá el grado y el contenido del aprendizaje que ellos y ellas van a adquirir.

Podría parecernos que una circunstancia como la que estamos viviendo es altamente improbable que se les pueda volver a presentar en su vida y que, por tanto, lo que piensen, sientan y asimilen nuestros hijos en cuarentena, en esta cuarentena, no va a ningún lado.  Podríamos pensar eso, sí, pero nada más lejos de la realidad: De cómo gestionemos nosotros y nosotras –sus padres y madres– esta situación y de cómo nos comportemos, ellos y ellas tomarán nota para gestionar circunstancias asimilables en su vida, que tenerlas, si bien quizá no idénticas, las tendrán.

De cualquier modo, no es mi intención esta vez centrarme en reflexiones profundas y de medio-largo plazo, ya que las personas de hoy queremos soluciones ya, queremos cambios en el momento. Pues bien, aquí están: ¿Cuánto tiempo llevamos buscando una solución a ese malentendido o a esa mala actitud o costumbre tan recurrente? ¿Cuánto tiempo llevamos buscando un momento para pararnos a hablar algo con él o con ella? ¿Cuánto tiempo llevamos quejándonos de no poder atender a nuestros hijos?

«Tengo casos de adolescentes que están jugando a las cartas o a la videoconsola con sus padres: ¡Algo totalmente impensable hace unas semanas!»

La forma de vida de hoy en día, tan llena de prisas, de obligaciones, de responsabilidades externas y de ajetreo ha dado paso de forma brusca y forzosa a un parón en toda la extensión de la palabra. Tenemos la oportunidad de tender puentes (o repararlos) y estrechar lazos con nuestros hijos en cuarentena, en casa.

En todos los años que llevo ayudando a familias la falta de tiempo es un hándicap -a veces excusa- recurrente a la hora de buscar un momento en el que hablar con los hijos: “Trabajo todo el día.”, “Cuando llego a casa solo es para dar órdenes.”, “Soy el malo.”, “Están con mis padres o con mis suegros y los malcrían.”, “El trabajo, la casa, los hijos… no doy abasto.”, “Es imposible conciliar vida familiar con el trabajo.”, etc.

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Hijos en cuarentena, una ocasión única


Pues bien, estas circunstancias actuales tan especiales -la cuarentena-, donde todos estamos preocupados, enfadados, atentos de las noticias y del devenir de los acontecimientos nos han regalado una oportunidad de oro para estar con nuestros hijos, para verlos, comprenderlos, conectar con ellos y poder hacer cosas que jamás hubiéramos podido ni imaginar.

Niños pequeños que están en casa con sus padres, qué gran regalo para ellos. ¿Estaremos a la altura? Adolescentes encerrados en casa, lo nunca visto. ¿Estaremos a la altura? Lo que es claro y cierto es que estamos en casa, con ellos, la ocasión es inmejorable; ¿Qué vamos hacer con ella? 

hijos en cuarentena

Tengo casos de adolescentes con problemas de comunicación y convivencia con sus padres que, tras unos muy intensos primeros días, están mejorando notoriamente; casos de adolescentes con problemas de adicción a drogas blandas que, al estar confinados, se están rehabilitando; o casos de adolescentes que están jugando a las cartas o a la videoconsola con sus padres: ¡Algo totalmente impensable hace unas semanas!

Por el contrario, hay padres que no han visto con sus hijos en cuarentena esta oportunidad dorada de la que hablamos. Están -lógicamente- preocupados por lo que está sucediendo: familiares en riesgo, situación laboral, estabilidad económica, … es decir, el futuro y la incertidumbre que lo envuelve. Pero ¿acaso no son nuestros hijos parte de ese futuro hacia el que con tanta preocupación se tornan ahora nuestros ojos? ¿De qué sirve salir de esta circunstancia si no la aprovechamos o tenemos problemas con nuestros hijos? ¿Realmente tenemos alguna cosa más importante que hacer?

¿Es demasiado tarde para nuestro hijo/a?

La vida de padre o de madre no es nada fácil, y cualquiera de los que lo somos lo podemos corroborar. Somos, entre otras cosas, muy sufridos: Cuando tenemos problemas con nuestros hijos siempre vamos aguantando. La cuestión -o cuestiones- son ¿Hasta dónde?, y lo más importante, ¿Hasta cuándo?

Este camino escabroso, sinuoso y confuso, aunque a veces parezca un cúmulo de acontecimientos desafortunados e inconexos, consta en verdad de una serie de etapas que es muy recomendable conocer y saber identificar. Veamos pues las fases de este periplo:

  1. La no aceptación de lo que está sucediendo: Todos hemos escuchado aquello de que “Lo primero para solucionar un problema es aceptarlo.”. La primera fase es precisamente esa, la de no querer ver lo que está sucediendo.
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  2. Reacción: Según la forma de ser del progenitor, puede ser hacia adentro o hacia afuera.
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    1. Implosión: Esto es, nos echamos la culpa de forma interna, en nuestro dialogo interior. Nos maltratamos, nos gritamos o nos vejamos a nosotros mismos. Otra forma de implosión es la de del desistimiento e inacción. El progenitor tira la toalla al verse desbordado por los acontecimientos, con las enormes consecuencias emocionales que ello conlleva. “Esto es imposible, no soy un buen padre o madre, siempre lo hago mal”. “Lo veía venir y no he hecho nada, desde hace mucho se lo llevo diciendo a mi mujer o mi marido”, “No tengo tiempo para solucionarlo”, “No puedo con ello”, “Ya se solucionará”, …
    2. Explosión: Es decir, proyectamos nuestro disgusto hacia el exterior. Buscamos culpables, gritamos, chantajeamos emocionalmente, ordenamos, castigamos o pegamos. “Ya te lo dije, ¿ahora qué?, no vas a salir mañana, te quedas sin…,” “¡Eres xxxxx!, Si no haces esto te doy… ¡Mira lo que le haces a tu madre o padre!”, Si ya lo decía yo”, “¡Contigo es imposible!”, “¿Te parece bonito?”, …
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  1. Pasa factura a la pareja: De repente, la vida familiar gira en torno al problema. No existe otra cosa: Los acontecimientos malos acrecientan el mal ambiente y los hechos buenos se ven anulados por la preocupación. Las discusiones se vuelven más que frecuentes. Continuamente echamos en cara lo que hace nuestra pareja y llegamos incluso a perder las formas. Se suceden los gritos, desplantes y faltas de respeto, haciendo que el ambiente familiar se deteriore sensiblemente.
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  1. La relación con el hijo/a empeora: Dependiendo de la edad y la fase concreta en la que se encuentre nuestro hijo/a, el deterioro puede ser mayor o menor, siendo en la adolescencia cuando el problema se acentúa. No hay comunicación o si la hay es prácticamente nula, exceptuando cuando el chico/a pide algo, cosa que agrava aún más nuestros pensamientos negativos: “Para eso sí habla…, ¡Qué egoísta!, ya sabía yo que quería algo, Es un xxxxx, …”. Los momentos de cumplir las normas se convierten en auténticas luchas de poder. La relación y los lazos afectivos están contra las cuerdas.
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  1. La familia se resiente: Llegados a esta etapa, tanto la situación actual como el desgaste sufrido en las anteriores pasa factura. Ninguno de los componentes del núcleo familiar encuentra en su casa y en su familia un lugar de confort junto a sus seres queridos, lo que empeora doblemente la situación.
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  2. Guerra de poder constante: El hogar se convierte en un campo de batalla por momentos. Cualquier contacto entre los miembros de la familia se vuelve tenso y la comunicación como tal es prácticamente inexistente o incluso tóxica.

 

La situación en el hogar se vuelve insoportable, afectando a la vida personal de sus miembros tanto dentro como fuera del núcleo familiar.

La sexta fase es insostenible y normalmente repercute en la vida personal de cada uno de los miembros del hogar, tanto dentro como fuera de él.

 

Fase a fase, nosotros


Y a todo esto, mientras han ido pasando las etapas, ¿qué ha ido pasando por nuestra mente? Por nuestra mente han pasado muchas cuestiones y pocas respuestas: Un valiente “¿Pedimos ayuda?” que enseguida se desecha por el qué dirán “¡Qué vergüenza!” Incluso si nos decidimos a atajar la situación y pedimos ayuda, tampoco tenemos nada claro¿Y a quién se la pedimos?”.

En la primera fase es normal no pedir ayuda o consejo, sino estaríamos todo el día buscando ayuda cuando no nos gusta algo de lo que vemos, escuchamos o sentimos. No consideramos lo que está pasando como un verdadero problema, así que ni nos planteamos pedirle ayuda a terceras personas.

En la segunda fase entran en escena nuestra personalidad y nuestras vivencias personales. Lo que pasa en este momento tiene que ver con nosotros y con nuestra educación: lo que hemos vivido cuando éramos hijos, nuestra manera de concebir la paternidad y nuestras convicciones y creencias personales.

Dependiendo de la gravedad del problema ya hay días en los que lo vemos todo negro y el pesimismo inunda nuestra mente. Por las noches, cuando acaba el día, no paramos de reflexionar y nos cuesta dormir. Aquí empieza a ser decisiva la tolerancia que tenemos al sufrimiento y cómo entendemos la paternidad. Pese a todo, seguramente aguantaremos y continuaremos acarreando -y acrecentandoel problema.

En cada familia se darán episodios particulares dependiendo del tipo de relación que tengamos los progenitores

Las fases tercera, cuarta y quinta irán progresando simultáneamente con sus matices. En cada familia se darán episodios particulares dependiendo del tipo de relación que tengamos los progenitores: una parte culpa a la otra, hay agentes externos (tíos, abuelos, …) implicados, etc. Aquí estamos a punto de tirar la toalla por la pura desesperación de no saber qué hacer, pero aún aguantamos, y es que: ¿Qué otra cosa podemos hacer?, al fin y al cabo, no podemos desaparecer, somos padres y lo elegimos nosotros, es nuestra responsabilidad.

En la sexta y última etapa es cuando nuestra tolerancia se ve desbordada. La situación es insostenible y buscamos ayuda. Buscamos esa ayuda una vez hemos pedido consejo a familia, amigos y compañeros de trabajo, después de haber rebuscado por Internet y ahora que ya ha cundido la desesperación en la pareja (o en uno de sus integrantes, que suele ser lo más común).

 

«¿Es demasiado tarde?»


Nuestras estadísticas nos dicen que desde que pensamos pedir ayuda hasta que efectivamente la pedimos pasa una media de 2,8 años. ¿Es entonces ya demasiado tarde? ¿Hemos perdido en esos casi 3 años la oportunidad de reconducir la situación y ser una familia plena y feliz, o al menos mínimamente en paz?

Lo cierto es que siempre pensamos que es tarde, aunque no es así. Hay padres que acuden a nosotros en la tercera etapa, -uno de los momentos más tempranos como hemos visto- y ya piensan que es tarde. Pero, a decir verdad, lo más frecuente es encontrarnos con padres que buscan ayuda en la sexta, y la pregunta que se plantean es mucho más cruda: “¿Aún hay alguna solución?”.

La realidad nos muestra que siempre que vayamos a pedir ayuda pensaremos que ya es tarde

La realidad nos muestra que siempre que vayamos a pedir ayuda pensaremos que ya es tarde, y es que ese pensamiento no tiene nada que ver con la etapa en la que estemos, ni con la pareja que tengamos, ni con si estamos de acuerdo o no, ni con nuestro poder adquisitivo: Tiene que ver con nuestra tolerancia al sufrimiento y con nuestro nivel de exigencia como padres.

A mejor gestión del  sufrimiento y mayor exigencia como padres, antes buscamos soluciones y antes las encontramos. A peor gestión del sufrimiento y menor exigencia como padres más tarde buscamos ayuda, pudiendo incluso llegar a no pedirla.

De hecho, podemos establecer incluso la relación entre estos dos factores: A mejor gestión del  sufrimiento y mayor exigencia como padres, antes buscamos soluciones y antes las encontramos. A peor gestión del sufrimiento y menor exigencia como padres más tarde buscamos ayuda, pudiendo incluso llegar a no pedirla.

no existen los padres perfectos; todos hacemos lo que podemos y sabemos

Personalmente y como padre, creo firmemente que no existen los padres perfectos; todos hacemos lo que podemos y sabemos. Lo que es indiscutible es, que en este proceso de aprendizaje causa-error con nuestros hijos, los padres más efectivos son los que se preocupan de una manera más activa por solventar los problemas, ya que preocuparse -por definición- nos preocupamos todos.

 

Nunca es tarde


Con las fases definidas, los casos estudiados, las estadísticas presentes y total rotundidad, la afirmación es tajante: Nunca es tarde para recuperar la vida plena y feliz en familia. Las soluciones son más o menos complejas, más o menos extensas en el tiempo y requerirán de más o menos paciencia y esfuerzo dependiendo de la fase en la que se encuentre cada caso.

La solución pasa por nosotros, por los padres

Lo que como padres es muy importante entender es que la solución no depende tanto del problema en sí o de su hijo/a: La solución pasa por nosotros, por los padres, y por nuestra convicción de hacer todo lo que esté en nuestra mano por conseguir la solución. Por tanto, la buena noticia en todo esto es que la solución, al pasar por nosotros -los padres-, depende de nosotros y si nos aplicamos todo resultará viable. Somos nosotros los que tenemos las respuestas a ¿Hasta dónde? y a ¿Hasta cuándo? vamos a continuar soportando una situación que, lejos de mejorar, va cada vez a peor. La solución definitivamente está en nuestras manos. Con un poco de perspectiva nuestra percepción del problema cambiará por completo. Pasamos de considerar algo como imposible y fuera de nuestro rango de acción por considerarnos a nosotros mismos como la solución. ¿Por quién iba a pasar la solución si no? ¿Por ellos? ¿Por el niño o el adolescente? ¿Pondría a caso la solución de un problema de este calibre familiar en manos de un chico o de un adolescente?

Si por el contrario nos empecinamos en que el problema es nuestro hijo, y en que es él quien tiene que cambiar, nos esperan muchos más cabezazos contra el muro

Si por el contrario nos empecinamos en que el problema es nuestro hijo, y en que es él quien tiene que cambiar, nos esperan muchos más cabezazos contra el muro: Más situaciones tensas e insostenibles, más y mayores faltas de respeto y mayores probabilidades de fracaso emocional en la vida de nuestros hijos. ¡Buena suerte descubriendo el límite de nuestro nivel de tolerancia! Quién sabe, quizá todavía puedas aguantar un poco más.

El cambio es posible y está en nuestras manos.

El cambio es posible y está en nuestras manos.

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