Vacía Autoridad

aulas

Éste texto que aquí copio, va a ser el primero de unos cuantos que he recibido. Texto de un adolescente que ha pasado por uno de los Talleres de Inteligencia Emocional que imparto en los Centros de Enseñanza, uno de tantos adolescentes que “no tienen talento alguno”, “que no siguen las normas ni conductas”, “que no se puede hacer nada con ellos”, “que sólo piensan en ellos”, juzguen ustedes mismos si hay talento, emoción, inteligencia y dedicación. No he tocado absolutamente nada. Desde aquí le envío un fuerte abrazo y sabe que l@ quiero, GRACIAS.

 

Era un día como otro cualquiera en su clase. Los mismos compañeros de siempre, los mismos profesores, la misma desilusión y las mismas preguntas sin respuesta. La jefa de estudios entró en el aula y, tras saludar fugazmente al profesor, comenzó a contar a la clase las “noticias” que les atañían: un “estúpido” concurso al que nadie se iba a presentar, una “patética” excursión a la que nadie tenía ganas de ir y la bronca de rigor de todos los meses: las quejas del profesor de Emprendedora, las quejas del profesor de Servicio, las quejas del tutor, etc. Claro, como se dejaba ver por allí muy de vez en cuando, se le acumulaba el trabajo.

En clase ya ni la miraban. Los ojos de los alumnos esquivaban el semblante condescendiente y el mensaje “insultante” de la jefa de estudios, que los reprendía con vacía autoridad. Las miradas se cruzaban o bien se escapaban por la ventana buscando algún lugar donde querer estar. Ninguna lo encontraba. Todas las pupilas acababan clavadas en la mesa, caídas, desiertas.

Todas salvo una. Esta vez la mirada de Judith no siguió ninguno de esos caminos, y es que su mente se mantenía ocupada y ajena a todo aquello. Estaba escuchando música por un auricular. Una historia cantada en una canción de Los Suaves, Ourense-Bosnia, la tenía atrapada como si de un cuento se tratase:

 

Su nombre era Isaac, sus cabellos largos y su vida aún muy corta. Veinte años sólo veinte. Lo arrancaron de su casa y el mal sueño, sin saber cómo, empezó. Toques de trompetas, banderas, redobles de tambores. Le afeitaron la cabeza, le dieron bombas y un fusil: “Vas en misión de paz”.

En la tumba de su boca su lengua yace muerta. Le quitaron su vida, le “dieron” un trozo de latón y una calle con su nombre.

 

Judith reconoció en Isaac aquella sensación de estar lejos de casa jugando a la ruleta rusa con sus días, sin querer ni saber por qué. Una sensación que, con el paso de los años, había pasado a ser parte de ella misma. Su mundo se le había hecho una noche desde que su padre murió. Además, inexplicablemente la familia de su madre no quería saber nada de ella. Judith aún buscaba culpables cada noche, pero no encontraba ni un hombro donde llorar.

Se quitó finalmente su auricular, no era momento para darle más vueltas a aquello. Prestó atención a la jefa de estudios. Su discurso había cambiado ya de tono -aunque no de actitud- y ahora le estaba hablando a la clase sobre un taller de Inteligencia Emocional. El nombre llamó la atención de Judith y despertó su curiosidad mientras Isaac aún daba tumbos por su cabeza. No le gustó lo que escuchó sobre el taller, tampoco le disgustó: le interesó, que era más difícil que todo lo demás.

Pero enseguida una jarra fría de pseudorealismo la empapó: “¿De qué me va a servir a mí esto?”, “Menuda gilipollez, que un tío que no me conoce de nada me diga qué tengo que hacer con mi vida.”, “¿Las respuestas que no he encontrado en seis años me las van a dar él en seis semanas?”. Judith dejó su mirada olvidada en la pizarra mientras se ponía a recoger algunos recuerdos que se habían desparramado por su cabeza con el estruendo de esas frases.

Pasaron dos minutos, tres, cinco.

Tomó la decisión de ir a ese taller. Por los recuerdos en los que se sintió bien un día, porque no fuese por no intentarlo, por no dejar ni una opción sin probar, por los que ni siquiera tienen opciones.

Parpadeó y sus ojos volvieron a cobrar vida. Agarró su BIC y escribió en su mano un nombre. No era el de su padre ni mucho menos el de su madre, tampoco era el suyo. El nombre era “Isaac”.

Aplícate al Rock (&)

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