“Ya lo decía mi madre…, Ya lo decía mi padre…”

Hay varios conceptos universales en esto de la educación, aunque a veces no nos demos cuenta. Estos conceptos universales son premisas inexorables de las cuales, normalmente, nos percatamos cuando ya es tarde. Normalmente, pero afortunadamente, no siempre. Dos de estas verdades universales a las que nos referimos son:

  1. Cuanto más mayores somos, más nos parecemos a nuestros padres y madres.
  2. Una vez nos hemos convertido en padres o madres comprendemos la magnitud de lo que nuestros padres y madres hicieron por nosotros.

Si en tu cabeza ahora mismo estás recordando esa frase que le dices a tus hijos y tanto odiabas que te dijeran a ti, o si te miras en el espejo y ves rasgos de tu padre o madre en el reflejo, es muy probable que estas verdades universales ya cobren sentido para ti. Por otro lado, si ya tus hijos empiezan a tener una edad y entran en esa etapa previa a la adolescencia o mismamente si los tienes en pleno apogeo, muy seguramente también empiezas a comprender el arduo esfuerzo que hicieron tus padres contigo (y muchas veces sin ni siquiera quejarse).

Una vez hemos echado la vista atrás y nos hemos dado cuenta del esfuerzo atroz que hicieron nuestros progenitores, nos podemos encontrar en dos situaciones:

  • La primera: Unos padres, nosotros, que son capaces de encontrar carencias emocionales en su educación, así como frustraciones o momentos en los que no los comprendieron.
  • La segunda: Unos padres que no son capaces de ello y tienen un muro neuronal-emocional donde ni recuerdan ni padecen lo ocurrido en su infancia.

Nos encontremos en la situación en la que nos encontremos, definitivamente esta influirá en nuestra manera de educar a nuestros hijos en la actualidad.

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Las dos caras de la moneda


Nuestra reacción como padres al ser conscientes de algo que nos faltó o hirió en nuestra niñez o adolescencia es intentar remediarlo con nuestros hijos, ahora ya en nuestros propios hogares. Tratamos de evitarles a nuestros hijos ciertas circunstancias negativas de las que fuimos protagonistas y, de manera paradójica, pasamos por alto las cosas buenas que nos dejaron nuestros padres de manera indirecta en esas mismas circunstancias. Pero, ¿hacemos esto adrede? No, simplemente hemos aceptado y catalogado todas estas cosas buenas como lo normal y cotidiano, y al final se nos han perdido y casi olvidado en la banalidad de lo común. Ahondemos más en esto.

Nuestros padres nos han inculcado el sentido de la palabra esfuerzo, nos han enseñado a no tirar la toalla, a hacer todo por sus hijos.

Imagínate a aquel niño que eras y recuerda cómo aceptaba con disgusto las prendas usadas que heredaba de sus hermanos o incluso de familiares o allegados. Seguramente aquel niño tenga hoy grabada esa desazón en su memoria e intentará hacer todo lo posible para que a sus hijos no les falte ninguna prenda y para que no se sientan el patito feo del colegio. Les comprará pues, sin escatimar, lo que vea necesario para evitarlo. ¿Con qué nos hemos quedado entonces? Pues nos hemos quedado sólo con el recuerdo negativo de aquella circunstancia, con el disgusto por reutilizar prendas heredadas una y otra vez, ¡pero no nos damos cuenta de lo bueno! No vemos cómo, de forma inconsciente, nuestros padres nos han inculcado el sentido de la palabra esfuerzo, nos han enseñado a no tirar la toalla, a hacer todo por sus hijos y, sobre todo, a valorar y cuidar las cosas. De primeras solo nos quedamos con la cruz de la moneda y no con su todo, que es donde reside verdaderamente su valor.

Ahora, al intentar que nuestros hijos no pasen por la circunstancia negativa por la que nosotros pasamos y siguiendo con el ejemplo anterior, los surtimos ampliamente de prendas (y seguramente también nos surtamos nosotros mismos). Detengámonos un momento de nuevo. ¿Te habías dado cuenta de que estas generaciones son las generaciones que menos valoran los cumpleaños, Reyes Magos o fiestas? Estas generaciones solo quieren regalos, y regalos por regalos, sin ningún significado en sí mismos más allá del tener por tener, o mejor dicho el abrir por abrir. Y de esta falta de consideración o estima, ¿cuánto tiene que ver con ellos y cuánto con nosotros?

A estas alturas ya debemos ser conscientes de las monedas que nos han dejado. Su cruz probablemente ya la reconozcamos, pero quizá aún no somos conscientes de su cara y de su valor total. Y no me lo niegues; la mayoría de nosotros tenemos una vida ordenada y con un cierto sentido común. Otra cosa ya son las circunstancias de cada uno y, por ejemplo, la suerte con las que las vaya llevando, pero nos han dejado un buen legado, unas buenas monedas.

“¿No será mejor aceptar nuestras monedas, y desde ahí mejorar?”

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No siempre es borrón y cuenta nueva


La tónica actual de la sociedad parece sugerirnos que para mejorar hay que destruir lo anterior y empezar de nuevo. No queremos pues saber nada de lo de antes, queremos que, sea lo que sea, sea nuestro y solo nuestro mérito. Deteniéndonos de nuevo aquí, ¿cuánto hay de esto en nosotros mismos y cuánto en lo que tanto nos quejamos, en nuestros hijos?

¿No será mejor, aceptar nuestras monedas, aceptar lo que tenemos y desde ahí mejorar? Podemos y debemos modificar y/o ampliar habilidades, hábitos y visiones para, poco a poco, ir creciendo generación tras generación.

Aunque como padres estemos perdidos y no sepamos qué hacer, ya hemos dado el primer paso hacia la meta que queremos alcanzar.

Dejadme también decir que, aunque como padres estemos perdidos y no sepamos qué hacer, ya hemos dado el primer paso hacia la meta que queremos alcanzar: Ahora mismo estamos leyendo esto, es decir, estamos interesándonos por nuestros hijos, lo cual es señal inequívoca de que tenemos una buena base. Así pues, con no proyectar en nuestros hijos nuestras carencias de la infancia y nuestros anhelos, ya mejoraremos la situación actual.

No regalemos por regalar y luego nos quejemos de que no valoran nada. No les evitemos pasar frío y así les privemos del disfrute de conseguir calor. No digamos si por evitar un berrinche o problema, porque por este camino el problema llegará más adelante como un tsunami devastador. Digámosles no cuando la circunstancia lo exija y no gratuitamente, y permitámosles que se familiaricen con la cruz de la frustración, así como con las de tantas otras monedas.

Ya para acabar te voy a comentar otra verdad universal que puede parecer una mala “noticia”: Siempre, hagamos lo que hagamos, va a haber una cruz en cada moneda. Si no, no sería una moneda, y tampoco tendría valor.

En recuerdo a nuestros padres y por sus esfuerzos: Estamos a tiempo de reconducir estas generaciones, nunca es tarde.

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